Es increíble que creamos que el pensar tiene una acepción mala. “No pienses en eso”, “vos pensás mucho las cosas”, el enunciado de “¿Y ahora qué pasó?” ante él: “Espera, necesito pensarlo mejor”. Cada vez cuesta más encontrar espacios de pensamientos en lo cotidiano. Todo está teniendo un gustito medio como instantáneo, acción- reacción.

Hable hace poco con un niño que no entiende lo que es “una pausa publicitaria”, es un niño pantalla que hace “skip intro” y ve solo lo que le da placer. Yo soy un niño índigo diluido (medio celestito) que viene de una presentación de “Gativideo” de dos minutos, más quince de avances, que promediaba 20 minutos antes de ver una película elegida en un videoclub (luego de dos horas y consenso familiar) De una tele familiar y consensos para uso pasamos a una pantalla individual, con preferencias únicas. Yo mismo cambié la lectura de la etiqueta de Poet por el celular, por eso no podemos recomendar una peli o serie en Netflix.

Cuando empezamos la pandemia siento que hubo personas que corrieron a gastar sus fichas, las quemaron todas en pocos días, ni siquiera esperaron que pierda otro en la máquina que más les gustaba, fueron desaforados a jugar otro jueguito. Todos gastando fichines cada uno en un mundo de fantasía distinto, pero todos adentro de cuatro paredes. Hay otro grupo de gente que no juega por placer, juega por el premio o para ganarle al de al lado, ganan tickets y acumulan en bolsillos para después cambiarlos por cosas que no necesitan, éstos generalmente después salen a tocar bocinas y chocar cacerolas porque “perdieron libertad”, pero no por la pandemia, si por las decisiones que tomaron. No nos molesta no poder salir, nos molesta no estar felices en nuestra casa. No nos molestan los chicos, nos molesta cómo los criamos o en lo que se convirtieron. No nos molesta no salir, nos molesta la realidad incómoda en la que nos quedamos en pausa.

Pero. Hay un grupo de personas (generalmente más reducido) que son los que se sientan a observar la cascada de fichas. El juego más maravilloso de las casas de videos juegos, se sientan, miran, piensan, aceptan los vacíos, confían en el movimiento, el destino y la suerte. Confían en lo que ven, porque ven realidades no pantallas. Mientras el resto solo quema fichines, “los de la cascada” arman, piensan, desarman y se preparan. Se preparan para que “les caiga la ficha” porque cuando caen, caen todas juntas. En ese momento que las fichas caen, saben que no ganaron fichas: Ganaron tiempo de juego. Les importa el tiempo de juego no las vidas que tienen, sino el tiempo entre vida y vida, porque morir o vivir es fácil disfrutar el juego no. Ellos, los de la cascada. Seguramente terminan en el Flipper, ahí se sienten más libres y ese es el juego en el que quedan los niños solos, mientras los otros salieron corriendo a buscar más plata para más fichas para el mismo juego. Los de la cascada, vemos la realidad más lenta sin disparos ni ruidos, ni órdenes. Vemos cómo de a poco los que se quedan sin fichas se nos ponen atrás para ver como se juega. Pero por sobre todas las cosas, disfrutamos mucho ver como las fichas caen.

Augusto Manzano

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