Ni bombos, ni drones.

March 22, 2017

No vamos a hacer una revolución del sistema educativo sin detectar las verdaderas necesidades. Las soluciones deben proponerse con miradas claras. Nuevos conceptos deben atravesar las problemáticas actuales, poner objetivos a largo plazo sin una lectura clara, nos aleja de las soluciones antes de arrancar.

 

Si el diagnóstico reposa sobre estadísticas cuantificables del sistema, solo vamos a tener números que determinan en una realidad cuanto menos caprichosa. En un país de la dimensión de Argentina. No podemos cuantificar resultados sin entrelazar esos datos con los contextos socio culturales que la componen, por ejemplo: tenemos un territorio en el que conviven cuatro amplitudes térmicas en el mismo horario y no es menor. Entendiendo esto, podemos aspirar a más que ser Finlandia, Suecia, e Irlanda, somos diametralmente distintos. La desigualdad debe ocupar un espacio prioritario dentro de los aspectos que definen la educación en Argentina, ya que en este mismo momento, un tercio de la población es pobre,  la mitad de la misma no come todos los días, y de aquél porcentaje el cuarto son niños en edad escolar. ¿Qué revolución vamos a encarar si en edades tempranas tenemos chicos desnutridos, justo en el momento donde es imprescindible el alimento para la sinapsis neuronal?

 

Si no reconocemos las diferencias mínimas dentro del territorio, la desigualdad regional, la diversidad cultural,  y para colmo la cruzamos con datos duros de una prueba internacional sin saber siquiera a que “intereses responde”, no solo nos alejamos de las problemáticas, sino que perdemos la capacidad de observación. Si trabajáramos más en “saber mirar” antes que en “conclusiones” Se obtienen datos cuantitativos y cualitativos que revelan problemáticas claras y acompañan soluciones simples de acuerdo al contexto. Por ejemplo los maestros bilingües ya existen, lo que no tienen es reconocimiento. Antes de “hacer hablar” inglés, tenemos que tener docentes que hablen ava-guaraní, aymara, chané, chorote, chulupí, guaraní, mapudungun, mbyá guaraní, mocoví, pilagá, qom (toba), quecha, tapiete, vilela y wichí que hoy son de vitales para entablar una comunicación en regiones alejadas de la provincia de Buenos Aires, están geográficamente distribuidas de manera desigual y son vitales para la escolarización. No solamente están en juego todas estas lenguas, sino con ellas maneras de mirar al mundo que enriquecen culturalmente al país. La formación de docentes indígenas es un paso fundamental sobre todo para fomentar la interculturalidad entre los docentes. Es ahí donde encontramos la riqueza y las soluciones a problemas de las escuelas “unitarias”.

 

Son las riquezas de estos pueblos las que nos pueden brindar soluciones sistemáticas a problemas arraigados a la verticalidad del sistema actual. Mientras desde un escritorio con partida presupuestaria se propone una campaña en afiches a3 para combatir el bulling (con su base en la desigualdad) las comunidades mapuches, wichis y toba, nos brindan estructuras de aprendizaje circulares, donde carece la competencia y se fomenta la tribu, desaparece el “gordito que eligen al último en el pan y queso” y se transforma en el débil de la comunidad, que no solo no hay que “atacar” si no que hay que proteger de acuerdo a la fortaleza individual de cada integrante del grupo. Mientras el sistema educativo actual promueve la competencia y habilita la agresión eligiendo por cualidades a una persona para formar un equipo, una tribu mediante el respeto y la protección busca la supervivencia del grupo y no la discriminación entre pares. Hay una “pesada herencia” no es un hecho de corrupción, sino aprendizajes ancestrales de predecesores que desaparecimos en “la campaña del desierto” y fueron veinte veces más que los desaparecidos del setenta.

 

Una clara observación de las distintas realidades nos obliga a ser menos “verticales” en las decisiones y de esa manera, al reconocer nuestras barreras, podemos verdaderamente empoderar a los pibes para que vuelen solos, es necesario fomentar la creatividad orgánica y no la impuesta para que se  exploren mundos, aunque sea el suyo. El docente debe ser guía del vuelo individual de cada pibe, no enseñarle a volar un drone. Los trabajos del futuro son una consecuencia de gente que imaginó volar antes de que existiera la batería de litio. De esa batería de litio es de donde hay que salir si queremos una revolución, incorporar tecnología con objetivos claros de evolución humana (usar la tecnología para un fin) la física, la química para entender la energía solar, eólica, el auto cultivo, pueden liberar a las próximas generaciones de la dependencia de una tarifa, con poquito podemos estar ayudando a los que siguen que en la tribu son los que van a cuidar a los “ancianos” que somos nosotros.

 

Observar pensar y reflexionar nos va a alejar del bombo para que nos escuchen. Es el pensamiento crítico y divergente lo que necesita la escuela, el cuestionamiento de los mandatos y el “es lo que hay”. Saber quiénes somos y que dejamos nos da poder, cuanto menos para saber elegir, y entre las elecciones contamos a la de la representación de sindicalistas y dirigentes “gordos” que mientras enarbolan las luchas y cortan una calle someten desde su representación a pueblo “flaco”, no es a los panzazos que se debaten ideas, es en discusiones fundamentos sin banderas ni bombas de estruendo. Es a escuchar que tenemos que aprender, más que a gritar. Usemos los bombos para bailar.

 

Hacer un instrumento de percusión de madera, de un árbol, te enseña a respetar la vida (desde lo humano ya es útil). Desde lo científico también, la frecuencia que emite la onda del sonido de ese instrumento, tiene el mismo dibujo que la onda del latido del corazón en una hoja cuadriculada de la materia de física ¿Queremos hacer una revolución o queremos evolucionar? Hagamos bailar a los pibes, para que sean felices desde el corazón y no desde un slogan. Saquemos fútbol para los chicos y handball para las chicas, a lo mejor bailando juntos se dan cuenta que somos iguales y después no vamos a hacer nunca más una marcha de #niunamenos.

 

¿Y si en vez de garantizar una sala de tres universal le damos al padre o a la madre leyes que lo amparen para que ese niño que aún necesita los lazos de amor y cariño, este con su mamá o su papá? ¿Si trabajamos fuerte para que los horarios laborales sean distintos y en vez de que queden con una niñera o a la deriva están con un familiar? ¿Y si en vez de traccionar la constitución para abrir salas llenamos la casa de amiguitos con una abuela que en vez de pelear por el aumento se dedica a hacer la leche chocolatada?

 

Ampliemos la curricula a las inteligencias múltiples para poderle dar al pibe libertad antes que poder. Es más fácil respetar las individualidades que forzar que todos los alumnos del nivel secundario superen se superen en Lengua, Matemática y Ciencias para 2021, es más lindo inclusive ver la diversidad en el aula. Quien sea bueno para matemática va a poder escribir música más fácil, mientras que el que tiene oído musical lo acompaña en la ejecución y otro lo baila. No esperemos una hora y un día para que con suerte la maestra “ad honorem” venga a darle música, en clases que lo menos se escucha es música. A lo mejor sin el recurso de la lengua aprendan a comunicarse, a descubrir su cuerpo en movimiento, respetar su organismo, a cuidarse, a colaborar, a plantar un árbol, ¿y porque no? Ser conscientes de lo que comen, cuándo lo comen y para qué sirve el alimento que están ingiriendo. Fijate que mientras uno de los del monte no come, en las grandes urbes la merienda es una gaseosa con azúcar y golosinas.

 

¿Cuándo van a dejar de juntarse en los recintos públicos a discutir cambios de nombres de calles? Plantemos frutales amigos, a lo mejor tenemos la suerte que en 2021 un pibe pueda arrancar una mandarina de la planta y no morir de hambre. Los porotos no son para el “corralito” los porotos son para plantar, semillas que necesitan tierra antes que aulas de cemento. No necesitamos más inversión en estructuras, necesitamos que los “gordos” hagan leyes para aprobar la permacultura, para que podamos hacer aulas de barro, escribir menos proyectos para “integrar a la familia a la escuela” y arremangarnos todo un sábado para construir con barro, paja, hechos botellas de plástico. Que los gordos se encarguen del Garraham y los docentes de hacer juntar tapitas para hacer ecoladrillos.

 

¿Queremos redistribución de las riquezas?  Saquemos los pupitres que es la “pesada herencia” de la escuela militar, que la primer nota del cuaderno de comunicación solo pida un útil, para la mesa redonda, para compartir, si nadie en doscientos años de historia usó los lápices de colores hasta el final.

 

Nos faltan números en esas estadísticas, están descartando más de diez mil chicos que están estructuras Waldorf, enseñanza libre, en comunidades sustentables en todo el país y que si los pones a resolver problemas matemáticos “les pintan la cara” a los de la escuela tradicional.  

 

No es jornada extendida para que los chicos estén adentro y los docentes ganen más. Es vida lo que necesita este país, estar juntos en pequeñas tribus que es la familia donde más se aprende y lo único que se valora antes de cerrar los ojos. La revolución no es instruir chicos para que trabajen más, es darle libertad de elegir que hacer y con quien hacerlo.

 

Cuando comprendamos que en una lengua en extinción tiene nueve formas de definir al sol, y que en inglés solo se dice “sun”, ni se nos va a ocurrir pensar en inglés. No es revolución es evolución, sino el problema no es que estén flojos en matemáticas, que no comprendan textos. El problema es que quienes están manejando los hilos no saben sumar, ni leer lo que nos pasa.

 

Manzano.

 

 

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